La verdad es que con el frío de estos días me cuesta no tener dentro de mi dieta alguna sopa de invierno , la que permita entrar en calor desde que la veo en la cocina lista y llena de gorgoritos en señal de que estamos en condiciones de llevarlo a la mesa.
Me llegan su aromas a cocina aleña, a condimentos, a recuerdos de mi pasado algo lejano, a fríos insoportables que te aletargan. Pero está ahí, en frente mío, estamos los dos mirándonos con algo de complicidad, sabiendo que al fragor de la primera cucharada seremos un perfecto complemento....
Eres una simple sopa de cola de buey, llena de enjundia tras ese caldo de horas soltando todas sus pasiones dentro de esta olla de fierro fundido que hierve y hierve.
Y respetando el momento justo se lanzan dentro de esta unas masas blancas, resbalosas y recién uslereadas para dar nada más y nada menos que lo suyo, es todo lo que puede aportar, esa textura cremosa que en conjunto con este caldo que quema de forma silenciosa y traicionera a cualquier paladar osado que la trate sin cuidado.
Llega la instancia perfecta de dejar atrás todos estos pensamientos para dar inicio a este duelo que comienza a tranquilizar mi gélido cuerpo.....





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